domingo, 20 de noviembre de 2011

Grundtvig


Comenius para las primeras enseñanzas, Erasmus para los universitarios y Leonardo para la Formación Profesional. ¿Qué queda para los más mayores? : Grundtvig.



¿Qué es Grundtvig?

Es un proyecto inscrito en el Programa de Aprendizaje Permanente (PAP) para atender las necesidades de enseñanza y aprendizaje de las personas adultas. Gracias a la financiación que aporta este programa, las instituciones, personal docente y alumnos que participan en la formación de adultos pueden integrarse en la nueva dimensión educativa del espacio común europeo.


Este proyecto iniciado en el 2007, engloba el conjunto de acciones comunitarias destinadas a incrementar la calidad y la dimensión europea de los sistemas educativos de los países miembros. Hasta el año 2013, invertirá más de 7.000 millones de euros para financiar proyectos y acciones dentro del ámbito educativo que favorezcan la movilidad, cooperación e intercambio entre los distintos estados. El principal objetivo: conseguir que Europa sea un referente mundial de calidad en materia de educación. 

El PAP atiende proyectos de educación infantil, primaria y secundaria con el programa Comenius, de la Formación Profesional con el programa Leonardo da Vinci y a los niveles de educación superior con su programa más difundido, Erasmus.

Pero después de la universidad, no termina la formación. Los procesos de aprendizaje continúan a lo largo de toda la vida y se materializan, en la mayoría de los casos, en la denominada educación para adultos. Este término agrupa tanto la enseñanza formal específica para este perfil de estudiantes, como la no formal, que incluye todos aquellos proyectos de formación destinados a satisfacer las inquietudes y necesidades de ampliar conocimientos que presenta el colectivo de las personas mayores.


El PAP cubre las necesidades de enseñanza de este sector de la población a través del programa Grundtvig. Un proyecto que ha logrado que la educación para adultos adquiera una dimensión global europea con el desarrollo de redes para el intercambio de experiencias y buenas prácticas, asociaciones bilaterales y multilaterales entre centros e instituciones educativas y programas de movilidad de personal formador y alumnos.

Desde sus inicios, Grundtvig ha financiado y dotado de apoyo económico a más de 670 proyectos en los que han participado 4.000 socios de 30 países europeos, ha favorecido la creación de 1.500 asociaciones de aprendizaje y ha concedido 10.500 becas de movilidad individual dentro de la comunidad educativa de la enseñanza de adultos.


Acciones del programa

Un programa de alfabetización digital para usuarios adultos de bibliotecas, talleres de inglés, radio y escritura en centros de mayores, o un intercambio de buenas prácticas para prevenir la violencia de género son algunos de los proyectos que se han podido llevar a cabo en nuestro país en los últimos años, gracias a la financiación de Grundtvig.


El campo de actuación del programa es bastante amplio y permite participar a cualquier organización que trabaje en el ámbito de la educación de personas adultas. Desde centros educativos, como institutos o universidades, hasta asociaciones locales o provinciales y cualquier otra institución que colabore en el desarrollo del aprendizaje de los mayores.
Entre las acciones formativas que subvenciona el programa destacan las asociaciones de aprendizaje entre organizaciones para trabajar en temas de interés y los seminarios en los que las instituciones de educación de personas adultas pueden compartir sus conocimientos.

En cuanto a las ayudas para movilidad, Grundtvig colabora para que el personal formador de este colectivo pueda ejercer su actividad en centros de otros países, ya sea con estancias de larga duración, o con visitas o intercambios más cortos. Los adultos también pueden participar en los programas de movilidad a través de proyectos de voluntariado que facilitan el intercambio de personas voluntarias mayores de 50 años para desarrollar iniciativas de enseñanza y aprendizaje en otros países. 


viernes, 4 de noviembre de 2011

Facilitador del aprendizaje

Os dejo integro un escrito de Carl Rogers que desde mi punto de vista abarca unos cuantos temas interesantes y que no son baladí en lo que a la enseñanza se refiere.
El texto nos habla de las diferencias existente entre los maestros llamados tradicionales y los facilitadores de aprendizaje.
Una de las cosas que más me han llamado la atención por su veracidad es que los profesores tradicionales utilizan la estrategia del recipiente y el vertedor, es decir, vierten en los alumnos toda la información considerada importante. Lo malo es que esa información vertida en la mayoria de los casoa no suele ser permanente.
Practicamente la totalidad de nosotros, hemos tenido profesores que ansiaban el aprendizaje de unos conceptos para que luego el alumno los vomitase el día del examen y ser olvidados a las pocas semanas despues.
Por eso me ha parecido interesante el texto ya que nos ofrece otros puntos de vista en donde los facilitadores de aprendizaje nos hacen partícipes de sus técnicas y métodos.
Sin más dilación os dejo con el escrito

Cómo convertirse en facilitador del aprendizaje

No hace mucho, un profesor me preguntó: «¿Qué cambios querría usted que se produjeran en la educación?» Le respondí lo mejor que pude en ese momento pero continué reflexionando sobre su pregunta. Suponiendo que tuviera yo una varita mágica capaz de provocar un solo cambio en nuestros sistemas educativos, ¿cuál sería ese cambio?
Después de pensarlo, decidí que con un toque de mi varita haría que todos los profesores, de todos los niveles, se olvidaran de que son profesores. Les sobrevendría una amnesia total respecto de todas las técnicas de enseñanza que se han esforzado por dominar a través de los años. Se encontrarían con que son absolutamente incapaces de enseñar.
A cambio de esta pérdida, adquirirían las actitudes y aptitudes propias del facilitador del aprendizaje: autenticidad, capacidad para valorar y empatía. ¿Por que cometería yo la crueldad de despojar a los profesores de sus preciosas técnicas? Porque siento que nuestras instituciones educativas se encuentran en una situación desesperada, y que a menos que nuestras escuelas puedan convertirse en centros de estudios plenos de entusiasmo e interés, lo más probable es que estén condenados a desaparecer.
El lector quizá piense que esto del «facilitador del aprendizaje» no es más que un modo original de designar al profesor de siempre, y que nada cambiará. Si así lo cree, estará equivocado. No hay ninguna semejanza entre la función docente tradicional y la que cumple el facilitador del aprendizaje.
El profesor tradicional, el buen profesor tradicional, se plantea a sí mismo este tipo de preguntas: «¿Qué creo conveniente que aprenda un alumno de esta edad y con este nivel de competencia? ¿Cómo puedo planear un programa de estudios apropiados para este alumno? ¿Cómo puedo inculcarle una motivación para que aprenda ese programa? ¿Cómo puedo instruirlo de modo que adquiera los conocimientos que debe adquirir? ¿Cuál será la mejor forma de implementar un examen para verificar si realmente ha asimilado esos conocimientos?» Por su parte, el facilitador del aprendizaje plantea el mismo tipo de preguntas, pero no a sí mismo sino a los estudiantes. «¿Qué quieren aprender? ¿Qué cosas les intrigan? ¿Qué cosas despiertan su curiosidad? ¿Qué temas les interesan? ¿Qué problemas desearían ustedes poder resolver?» Una vez que ha obtenido respuestas a estas preguntas, se formula otras: «¿Cómo puedo orientarlos para que encuentren los medios. las personas, las experiencias, los materiales didácticos, los libros, los conocimientos que yo poseo, que los ayuden a aprender de modo que les proporcionen las respuestas a las cuestiones que les interesan, a las que están ansiosos por aprender?»
Y más adelante: «¿Cómo puedo ayudarlos a evaluar su progreso y a fijar futuros objetivos de aprendizaje basados en esta autoevaluación?» También las actitudes del profesor y del facilitador se encuentran en polos opuestos. La enseñanza tradicional, por más que se la disfrace, se basa en esencia en la teoría del «recipiente y el vertedor». El profesor se pregunta: «¿Cómo puedo hacer que el recipiente se quede quieto mientras vierto en él los conocimientos considerados importantes por quienes elaboraron el programa de estudios?» La actitud del facilitador del aprendizaje se relaciona casi por entero con el aspecto del clima: «¿Cómo puedo crear un clima psicológico en el que el niño o el adulto se sientan libres para ser curiosos, cometer errores, aprender a partir del medio, de sus compañeros, de sí mismo y de sus experiencias? ¿Cómo puedo ayudarle a recobrar el entusiasmo por aprender que forme parte de su naturaleza durante toda su vida?»
Una vez encaminado este proceso de facilitación del aprendizaje deseado, el centro educativo pasaría a ser, para el adulto, «mi escuela». El alumno se sentiría parte vital de un proceso muy satisfactorio. Los sorprendidos profesores, padres y familias escucharían decir a los alumnos: «Estoy deseando llegar a la escuela.» «Por primera vez en mi vida me estoy enterando de las cosas que yo quiero saber.» «¡Cuidado! Suelta esa piedra. ¡Ni se te ocurra romper un vidrio de mi escuela»
Lo más hermoso es que estas palabras serían dichas por alumnos retrasados, brillantes, urbanos o desfavorecidos. Esto se debe a que los alumnos se ocuparían de los problemas que realmente les inquietaran e interesaran, al nivel en el que pudieran captarlos y encontrarles una solución útil. Cada uno de ellos tendría una experiencia sostenidamente fructífera.
Algunos profesores creen que este tipo de aprendizaje individualizado es impracticable, pues demandaría un número mucho mayor de profesores o maestros. Nada más lejos de la realidad. Para empezar, cuando los alumnos están deseosos de aprender, siguen sus propios caminos y realizan una gran cantidad de estudios independientes, por su cuenta. También se ahorra mucho tiempo de los profesores, por la marcada disminución de problemas de disciplina o control. Por último, la libertad para interactuar que surge del clima que brevemente he descrito posibilita el empleo de un importante recurso inexplotado: la capacidad de un alumno para ayudar a otro a aprender. Que el maestro diga: «Juan, a Raúl le cuesta un poco esa división larga que tiene que hacer en el problema. ¿Podidas ayudarle?» constituye una experiencia maravillosa, tanto para Juan como para Raúl. Y aún más maravilloso es que los dos alumnos trabajen juntos, ayudándose mutuamente,, sin que nadie se lo pida. Juan aprende realmente a hacer divisiones largas cuando ayuda a otro a comprenderlas. Y Raúl puede aceptar su ayuda y aprender, porque no tendrá miedo de quedar como un ignorante.
Convertirse en facilitador del aprendizaje, más bien que en profesor, es un asunto peligroso. Implica incertidumbres, dificultades, y retrocesos, y también una aventura humana entusiasmante, cuando los alumnos comienzan a mostrar sus frutos. Una maestra que corrió este riesgo me dijo que una de sus mayores sorpresas fue comprobar que, cuando dejaba a los niños libres para aprender, disponía de más tiempo, y no menos, para dedicar a cada uno de ellos.
No tengo palabras para expresar cuánto me gustaría que alguien agitara esa varita mágica para convertir la enseñanza en facilitación. Tengo la profunda convicción de que la enseñanza tradicional constituye una función casi completamente fútil, cuyo valor se ha exagerado y en la que se malgastan energías, dentro del contexto cambiante del mundo de hoy. Sirve, sobre todo, para dar a los alumnos que no logran captar las nociones impartidas, una sensación de fracaso. También sirve para inducir a los alumnos a abandonar sus estudios cuando se dan cuenta de que lo que se les enseña no tiene relevancia en sus vidas. Nadie debería nunca tratar de aprender algo a lo que no le ve ninguna utilidad. Ningún alumno debería verse obligado a sufrir la frustración que impone nuestro sistema de calificaciones, las críticas o la ridiculización por parte de los maestros y otras personas, y el rechazo de que es objeto cuando es lento para comprender. La sensación de fracaso que se experimenta al ensayar o querer lograr algo que de hecho es demasiado difícil es un sentimiento saludable, que impulsa a aprender aún más. Algo muy diferente sucede cuando el fracaso es impuesto desde afuera, por otra persona, que rebaja a quien lo sufre.